30 de enero de 2007

DIÁLOGO CINEMATOGRÁFICO

En un aislado paraje de la Patagonia, tres hombres acaudalados discuten sobre la situación general del país. Uno de ellos, el anfitrión, titular de un altísimo cargo ejecutivo en el Gobierno, marido de una legisladora que transfiere fondos del erario público a las arcas de Gucci y Versace, fiel aliado de grandes empresas petroleras y dueño de un discurso de alto contenido revolucionario, salta del trampolín hacia la laguna de monedas de oro en la que nada con sus compadres y, al salir a la superficie, indignado por el choque con la realidad, exclama:

–Qué barbaridad.

Otro de los magnates, conductor y productor de exitosos programas de televisión, ex relator, ex propietario de un club español de fútbol y actual dueño de un equipo de voley y una radio AM que recibe millones en publicidad oficial, prestamista y futuro dueño de un club argentino de primera división cuya antigua cancha es ahora un supermercado, poderoso terrateniente de la Patagonia, promotor de la exitosa reelección de Menem y ferviente activista contra los limpiadores compulsivos de parabrisas, surfeando las doradas olas sobre una tabla de platino incrustada de zafiros y rubíes, otea el horizonte y reflexiona:

–El Gobierno no puede seguir de brazos cruzados.

El tercero, viejo empresario de origen italiano, dueño de una fortuna construida bajo el siempre impermeable paraguas estatal, filántropo, ex pareja de una conductora de programas infantiles devenida en felino suntuario, ex concesionario del correo oficial, eterno deudor del Estado y padre de una promisoria figura de la política nacional, sorbiendo un daiquiri de guayaba mientras se broncea con el reflejo del sol en un lingote de oro, sentencia:

–En este país no hay seguridad jurídica.

A un costado de la laguna, un periodista, docente universitario, conductor de televisión, vecino de la Recoleta, ideólogo de más de un gobierno de facto y actual paladín de la democracia, admirador confeso del general Onganía y amigo personal de Carlos Menem, cubierto apenas por una túnica blanca, asiente y comenta la situación con la nonagenaria dueña de un poderosísimo grupo multimedios cuya astronómica deuda fue licuada con la pesificación y madre adoptiva de dos chicos apropiados durante la última dictadura militar. Se besan. El plano se cierra sobre los labios encontrados. Funde a negro. Fin.